jueves, mayo 25, 2006

arte moderno

De la contemplación artística y sus modernos criterios

Despojarse de antiguos preconceptos, olvidar el concepto de belleza tradicional y predisponer el espíritu son algunas de las claves para disfrutar de la contemplación de una obra de arte. Universia consultó con especialistas e indagó sobre los criterios para valorar el arte moderno.

Deambular por una muestra artística puede resultar, para algunos, una verdadera proeza. Y algunas es una manera sutil de definir al desconcierto de una gran mayoría de frustrados espectadores de obras artísticas que, al parecer, constituyen verdaderos enigmas tanto para los sentidos como para la inteligencia.
Quizás no sea el caso del arte considerado clásico. Aquel en el que es posible reconocer ciertos parámetros de belleza universales, en el que la técnica se destaca, en el que sentido proviene de la obra en sí misma y no tanto de la actividad de quien contempla. No, el desconcierto no suele ser provocado por esta clase de expresiones artísticas, sino por lo que hoy llamamos “arte moderno”.
Moderno referido tanto al período artístico que designa, como también al llamado arte contemporáneo, es decir, el que se crea en el presente. Una de las clásicas conclusiones durante discusiones entre quienes saben poco y nada de arte, es el repetido todo vale. Es decir, un criterio que afirma que no hay distinción entre obras buenas y malas, sino que cualquier expresión que se jacte de artística pasa, inmediatamente, a ser considerada como tal.
Sin embargo, esta creencia acerca del arte contemporáneo no resulta justa para con los verdaderos artistas que hoy se esmeran en sus creaciones. Las grandes cuestiones, entonces, serán, ¿quién entiende al arte moderno? ¿cómo interpretarlo? ¿a través de qué cristales se debe contemplar una obra perteneciente a este período? ¿qué es lo que hace que algo sea una obra de arte y no un mero dibujo?

El juicio estético válido
En principio, cabe aclarar que la discusión acerca de los criterios estéticos para valorar obras de arte resulta un tema complejo que, actualmente, se encuentra en plena discusión y transformación. Eva Grinstein, Directora del Área de Artes Visuales del Centro Cultural Rojas (UBA), indica que el debate sobre esta cuestión tema se origina “desde comienzos del siglo XX, en la revolución de las vanguardias europeas, y sobre todo, a partir de la obra de Duchamp”. En coincidencia, Griselda Barale, Profesora de Estética de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) sostiene que “elaborar criterios para juzgar el arte no es tarea sencilla y, menos aún, para el arte contemporáneo”.
A su vez, el juicio estético nunca podrá contar con el carácter universal que posee el juicio de las ciencias exactas como la física, la matemática, que siempre es unívoco. Al contrario, en el arte la interpretación debe permitir la multiplicidad de miradas. De hecho, un claro ejemplo de la amplitud de sentidos son las obras de arte interactivas ligadas al concepto de obra abierta formulado por Eco que se refiere a la parte que el sujeto posee en la composición de la obra.
Ana María Oliverio, Profesora de Dibujo y Pintura de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad de Morón (UM), afirma que “la relación entre el espectador y la obra de arte se modificó. Si bien el primero siempre debió ser activo, nunca lo fue tanto como ahora. Es un espectador que debe pensar, razonar, informarse si le interesa”. La actividad que debe realizar quien disfrutará del hecho artístico comienza, entonces, desde antes de la contemplación de la obra. “Se deben poseer datos de contexto, históricos, biográficos, técnicos que permitan realizar apreciaciones valorativas”, aconseja Grinstein.
Por otra parte, se deben valorar aquellos criterios que no están ligados a la formación del juicio propio y subjetivo. “Existen diferentes formas de validación del arte ligadas al gusto de la época, del curador, del coleccionismo, de los museos”, apunta Norberto Griffa, Coordinador de la Licenciatura en Artes Electrónicas de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF).
En otras palabras, por ejemplo, debería constituir un criterio válido considera que si una obra está expuesta en un museo o una muestra alguna razón válida debe haber. Lo importante es no caer en el mero juicio superficial de “no me gusta”, sino aceptar que la obra está ahí no porque a alguien se le ocurrió, sino porque “hay un grupo de gente especialista, críticos, historiadores, artistas plásticos, que validan sus conocimientos y valoraciones con su prestigio y trayectoria”, sostiene Oliverio. Griffa indica que “si la obra está en el Louvre y a una persona no le gusta, es probable que sea la persona quien está equivocada”.
Actualmente, se destaca la figura del curador como quien valida las obras expuestas. “Desde mi lugar de crítica y curadora trato de brindar claves de acceso basadas sobre mis conocimientos (del artista, de su ubicación socio-histórica, de su obra anterior y sus intenciones) para que algo del proyecto comunicacional, implícito en toda obra de arte, llegue a destino”, indica Grinstein. Norberto Griffa avanza un poco más y señala que “son los curadores quienes crean la obra. Son ellos quienes la interpretan. Es el curador quien dice esto es una obra de arte”.

La belleza y lo sublime
Ahora bien, es posible que en el museo o galería se incluyan obras que no despiertan más que cierto rechazo y que, de ninguna manera, cumplen con los supuestos criterios armónicos del arte. La pregunta es si el arte debe ser bello. O mejor aún, ¿bajo qué criterios se define la belleza artística?
“En arte ya no se habla de belleza, es un valor que dejó de tener vigencia en el siglo XIX”, afirma Barale. A su vez, Grinstein desde el Rojas afirma que “hoy no existen parámetros consensuados de belleza, la noción tradicional de belleza fue altamente discutida y no se ha reemplazado el canon clásico por uno nuevo”.
En concordancia, Griffa apunta que “la belleza actualmente no es lo más importante. El nuevo concepto es lo sublime ligado a sensaciones producidas por la obra en sí misma. Dentro de este concepto, entonces, entra la fealdad como valor, como parte del arte. Lo más terrible y lo más horrendo puede ser una obra de arte”.
Sin embargo, muchos se afanan en conservar ideales de belleza antiguos que poco se relacionan con la evolución del arte. “Algunos deben sacarse los preconceptos del arte tradicional. Todavía nos estamos guiando con el canon de belleza del siglo XIX”, advierte Oliverio.

Dibujos infantiles
Considerar a los hijos, sobrinos, hermanos o ahijados grandes artistas por su intensa producción pictórica puede resultar un verdadero fraude. Y no porque ellos quieran engañar a nadie, sino por la ingenua idea de que cualquier supuesto garabato expuesto en el MOMA cuenta con el mismo valor que el dibujo del sobrino.
“Y es que, al parecer, se valora con mayor intensidad aquello que no puede hacerse, aquello que deslumbra la mirada”, señala Oliverio. “Un dibujo infantil tiene cinco minutos para pintar como Picasso, pero le faltan los 30 años de su altura. Si bien los chicos hacen obras de arte, estas no pueden ser consideradas porque necesitan años para formar niños con oficio”, continúa.
Por otra parte, la contemplación artística no debe ser ingenua. Es decir, en palabras de Griffa, “cuando un artista hace una línea en el espacio no es tan inocente, se estudia de antemano, hay mucho trabajo conceptual detrás, las figuras no están puestas porque sí”.

La educación estética
Al margen de criterios objetivos para contemplar y disfrutar de una obra de arte, el criterio subjetivo posee un lugar fundamental en la fruición de un hecho artístico. Sin embargo, esta sensibilidad artística no puede adquirirse de la noche a la mañana, requiere de esfuerzo y trabajo intenso para adquirir la llamada educación estética.
“Si bien creo que no hay receta para mirar una obrar, creo en la educación estética, aunque la educación positivista en nuestro país no la ha fomentado en absoluto”, comenta la especialista de la UNT.
No existen fórmulas para la contemplación artística, aunque quienes saben coinciden en aconsejar la lentitud de la mirada. “La actitud debe ser abierta, sensible y receptiva. Quien contempla debe detenerse”, indica Griffa. “De todas maneras, hay obras que se orientan al cerebro, mientras que otras apelan a lo emocional” continúa. Y es en estos niveles en los cuales quien contempla debe saber conducirse.
La formación y el conocimiento ocupan un espacio importante en el disfrute estético. “Se necesita un espectador un poco ilustrado porque hay cosas que se pierden. Es muy bueno que quienes no saben se enfrenten, pero deben eliminar los preconceptos del arte tradicional. Se debe estar completamente abierto. Despojarse de todo lo conocido”, aconsejan desde la UM.
En última instancia, se debe tener en cuenta que aprender a contemplar y disfrutar de obra de arte requiere tiempo, paciencia y serenidad. Quizás el mismo proceso por el que los artistas transitan hasta lograr sus sublimes creaciones. De hecho, ya lo dijo Pablo Picasso, “a los doce años sabía dibujar como Rafael, pero necesité toda una vida para aprender a pintar como un niño.”

jueves, mayo 04, 2006

La vida es sueño (fragmento)

"Ay mísero de mí, y ay infelice! Apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo. Aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido; bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor, pues el delito mayor del hombre es haber nacido. Sólo quisiera saber para apurar mis desvelos --dejando a una parte, cielos, el delito del nacer--, ¿qué más os pude ofender, para castigarme más? ¿No nacieron los demás? Pues si los demás nacieron, ¿qué privilegios tuvieron que no yo gocé jamás? Nace el ave, y con las galas que le dan belleza suma, apenas es flor de pluma, o ramillete con alas, cuando las etéreas salas corta con velocidad, negándose a la piedad del nido que dejan en calma; ¿y teniendo yo más alma, tengo menos libertad? Nace el bruto, y con la piel que dibujan manchas bellas, apenas signo es de estrellas --gracias al docto pincel--, cuando, atrevido y cruel, la humana necesidad le enseña a tener crueldad, monstruo de su laberinto; ¿y yo, con mejor instinto, tengo menos libertad? Nace el pez, que no respira, aborto de ovas y lamas, y apenas bajel de escamas sobre las ondas se mira, cuando a todas partes gira, midiendo la inmensidad de tanta capacidad como le da el centro frío; ¿y yo, con más albedrío, tengo menos libertad? Nace el arroyo, culebra que entre flores se desata, y apenas sierpe de plata, entre las flores se quiebra, cuando músico celebra de las flores la piedad que le dan la majestad del campo abierto a su huída; ¿y teniendo yo más vida, tengo menos libertad? En llegando a esta pasión, un volcán, un Etna hecho, quisiera sacar del pecho pedazos del corazón. ¿Qué ley, justicia o razón negar a los hombres sabe privilegios tan suave excepción tan principal, que Dios le ha dado a un cristal, a un pez, a un bruto y a un ave?"