martes, enero 30, 2007

Días violentos

Montón de escombros. Cuentas desprendidas de un collar. Así se me aparecen los días. Cada uno de los días que construyen la vida entera. Partes sin conexión. Trozos violentos de ratos supuestamente felices o tristes, según las circunstancias y el estado de ánimo. Me pregunto si alguna vez los escombros formaron una construcción. Si las cuentas se unían en un hilo conductor. O si es que nada más no logro descubrir el sentido que ocultan tras el aparente desorden. Días sin unidad narrativa.

¿De qué están hechos los días? Una respuesta simple con aires de profundidad es la trillada rutina. No me importa la rutina. De hecho, la rutina es parte de cualquier existencia, hasta la de ese supuesto héroe que dejó todo y se puso un bar en la playa. ¿Cuántos días son distintos entre sí? Andar en pata, tomar tragos de colores, echarse en la arena, atender turistas y vender pulseritas hippies. Aunque suene al mejor de los planes, no deja de ser una rutina diaria, una serie de actividades que se repiten, incluso el sábado y el domingo.

No. El problema no es la rutina. El problema es el sentido. Al margen de los trabajos y la diversión, del aburrimiento y la ocupación, lo único que importa, en última instancia, es la razón. ¿Es que hay algo que justifique los sacrificios de los mortales? Aunque seamos el brillo irrepetible de una piedra preciosa, no dejamos de ser un brillo que, tarde o temprano, se apagará. ¿Y después?

1 Comments:

Blogger Juan Ignacio said...

La obra suprema del hombre es solamente alabar a Dios. En su belleza Él quiere ser agradecido y a ti te corresponde alabarlo dándole gracias. Si tu preocupación no es alabar a Dios, te amarás a ti mismo y serás parte de aquellos de los que el Apóstol dice: ¡serán hombres que se aman a sí mismos! (...)

San Agustín, Comentario al Salmo 44.

5:31 p. m.  

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