viernes, marzo 10, 2006

Verso heroico

Esta mañana alguien se suicidó en el subte. Al menos, era el rumor que corría entre los tantos pasajeros huérfanos de transporte que intentaban definir acertadamente el medio que los llevaría hacia sus respectivos trabajos sin tardar una eternidad. Tarea vana un viernes a las 8.30 de la mañana varados entre el cementerio y las alcantarillas del subte. Ningún transporte aseguraba un viaje rápido y, mucho menos, cómodo. Algunos hasta se atrevían a proponer itinerarios colectivos -en taxi, claro- hasta el centro de la ciudad. Mientras esperaba el 93, con alrededor de 50 ó 60 personas adelante, una chica alborotada me sugirió el módico traslado, pero insistía en buscar acompañantes para que nos saliera más barato. La gente tan agarrada me pone de malhumor. Decidí tomarme el 39, bajarme lo más cerca posible del laburo y parar un taxi sola.
El buen ánimo de los viernes parecía haberse alterado por el sorpresivo accidente. Un accidente que no lo fue tanto. Un hombre, imagino desesperado, había decidido terminar sus días abajo del subte. Una muerte espantosa. La muerte ya espantosa y terrible en sí misma, adquiere un tono más trágico cuando se trata de un suicidio de esta clase. No es una muerte tranquila, pacífica, sino todo lo contrario. Meditaba sobre estas cuestiones cuando los pasajeros del 39 y el chofer comenzaron una discusión acerca de la cantidad de gente que subía al colectivo. ¿En qué se nos van los días? ¿Cómo definir ese afán de levantarse todas las mañanas para llegar temprano al trabajo, trabajar y a la hora de salida tener un programa para perder el tiempo de día útil que nos queda para regresar a la mañana siguiente a la rutina diaria? ¿Qué sentido tiene esa rutina? ¿Hacia dónde quieren llegar los pasajeros alterados que discutían con un chofer sobrepasado por el tránsito y harto de manejar un mismo recorrido todos los días? Quizás, el hombre de la estación Callao eligió la mejor parte.
Ya sé. Que esta vida es linda y vale la pena. Que el sentido último no se agota en el cajón de madera de la morada final. Pero cuesta. A veces, el tiempo se hace cuesta arriba y uno se termina sintiendo como Sísifo con su piedra. ¿Tanto esfuerzo para qué? El contraste era, justamente, las quejas estúpidas de mis compañeros de viaje y el sin sentido del pobre tipo de la estación Callao.
A las 10 de la mañana llegué al trabajo envuelta en estos pensamientos. Lamentablemente, las tareas inmediatas no esperan, enseguida, con un café reparador tuve que olvidarme del sin sentido para sumergirme en el trabajo diario e intentar convertir, como tantas veces leí, la prosa diaria en verso heroico.

1 Comments:

Blogger Juan Ignacio said...

A mi eso de que la vida es bella, al "estilo Celia Cruz", mucho no me convence.
Más vale hoy recuerdo esa canción que cantaba Baglietto:

Vaya una vida que estoy llevando
por no encontrar lo que estoy buscando
lo dicen todos los pecadores
si no hay espinas tampoco hay flores

8:36 a. m.  

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