jueves, marzo 02, 2006

Pasión inútil

Ayer fue miércoles de ceniza. Día de supuesto ayuno y abstinencia, aunque para quienes vivimos a dieta es un día como tantos otros, por eso, preferí aplicar el criterio que se refiere a las cuestiones de corazón y no tanto a los hechos tan concretos y pragmáticos como no comer carne, por ejemplo. No es mi intención realizar un detalle pormenorizado de mis pequeños sacrificios para comenzar la Cuaresma, no es el ánimo de este texto considerando el evangelio de la Misa de ayer en el que Jesús aconseja que nuestra mano izquierda no se entere de lo que hace la derecha y ofrece otros ejemplos.

Al margen, siempre me pasa lo mismo, me pierdo en palabras… Quizás los textos no sean más que prólogos para desarrollar ideas que nunca llegan. Tal vez, lo accesorio finalmente sea lo esencial y no al revés. Y me sigo perdiendo en el laberinto de ideas y palabras. ¿Cuál es mi punto? Comentar los pensamientos acerca de las cenizas.
Que ayer, entonces, fui a Misa. Nunca me quedó claro si se trataba de una celebración de precepto, aunque, en realidad, considerando mi dudosa regularidad en la Misa de los domingos, no es un tema preocupante. Lo cierto es que la iglesia estaba llena casi como un domingo. Siempre me gustaron las celebraciones religiosas con signos concretos, como la bendición de las gargantas con las velas, las luces apagadas de la vigilia pascual, la adoración de la cruz del Viernes Santo y demás. Y la imposición de las cenizas es una de mis preferidas más que nada por el signo concreto elegido: la nada. Porque las cenizas son nada, tocarlas es casi hacerlas desaparecer. Un poco de aire y vuelan. Al tacto casi son imperceptibles. Ayer el sacerdote invitó a recibir las cenizas en la palma de la mano. “Ceci, recuerda que eres polvo y al polvo volverás”, me dijo porque me conoce. Y en esas cenizas en la palma de la mano con forma de cruz contemplé el futuro incierto. Contemplé la fragilidad del hombre, la nada que somos, lo efímero de la materia, lo terrible de la muerte. Terrible porque somos cuerpo y la muerte no es más que la separación de la materia de aquello que, justamente, le da vida. Me vi suspendida en el aire pendiente de un hilo… Pero no logré ubicarme en perspectiva. Es cierto, importa poco el dolor del mundo si después vendrá el para siempre de felicidad eterna, pero no me basta. Dicen que quien sabe ser feliz en la tierra, podrá ser feliz en el cielo… Y por ahora, me intuyo lejos de la felicidad. Al menos, de esa alegría que se mantiene aunque todo sea negro. Es que no entiendo Su lógica, no comprendo su manera de administrar los destinos de las personas. Pero, a la vez, no quiero volver al polvo y que esta vida no sea más que una broma de mal gusto, un fósforo que se enciende y en segundos se apaga… No quiero que la vida termine siendo una pasión inútil…

1 Comments:

Blogger Juan Ignacio said...

Para el que sufre no hay palabras; pero si comento en tu blog es como quien quiere expresar la experiencia propia.

Periodicamente a lo largo de mi vida me vuelvo a hacer la pregunta de por qué el sufrimiento, por qué las cosas suceden así. Es duro no saber porqué. Una vez encontré la respuesta más grande.

Esa respuesta quizás no dejará de hacerme preguntar. Pero es de un contenido tan grandioso que me da alivio (alivio verdadero, no consuelo de tontos).

Quizás te suene a teoría (y quizás en mí sea aún casi sólo un razonamiento; porque no estoy pasando por un gran sufrimiento; aunque sí sufro por los demás; aunque no es lo mismo). Pero te diré lo que creo.

Cristo, Dios hecho hombre. Si aceptamos eso, si lo creemos, veremos que lleva a algo realmente revelador. Cristo fue el justo, el bueno, y murió en una muerte de las peores. Dios así no me dio la respuesta "científica" o "lógica" de porqué sufrimos, de porqué las cosas salen así como salen. Pero me dijo: "me hago hombre y las voy a pasar con vos". Sufro con vos.

Por eso cuando sufrimos no hay alivio más grande que quien viene a sufrir con nosotros. Alguien que sufre con nosotros y se conmueve de nuestro dolor es la imagen de Jesús para nosotros.

A partir de eso, y lo creo ver ahora, poco (o mejor dicho: menos) importan las razones de porqué las cosas tienen que ser como son.

Cerraría otra vez con: ¡se dice fácil! ¿Quién dice que las razones importan poco? Si poco importaran, no nos haríamos esta pregunta. Si no tengo a nadie que me acompañe en el sufrimiento, difícil me será creer en Jesús, en su presencia viva acompañándome.

11:29 a. m.  

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