jueves, julio 21, 2005

Muerte

Durante la infancia, deseaba casi fervientemente morirme de una enfermedad mortal. Los recuerdos son de días felices, aunque la muerte era una especie de seducción constante. Con los años, interpreté ese antiguo deseo como la necesidad de encontrar respuestas. Y hasta no hace mucho morirme significaba la solución a todos los problemas, el fin del sufrimiento, la gran respuesta y el consuelo de un Dios que me quiere.

El mundo era un lugar que no valía la pena. Un mundo deleitable en instantes contados y horrible casi todo el tiempo. Desde hace algunos meses, sin embargo, la muerte dejó de ser anhelada para convertirse en terrible, en un fin trágico, siempre prematuro, de los días. Quizás porque haya encontrado razones, sentidos, porque me haya cruzado con gente a quien querer y que me quiera.

La muerte, ahora, me parece una sombra que acecha continuamente el relato de mi vida, que pretende arrancar las hojas que restan para terminar el libro. La muerte como una interrupción no sólo de mi relato, sino de la posibilidad de ser parte de los relatos de esos otros que le dan sentido a la existencia. Y la muerte tan próxima ahora me oscurece el mundo.